No sabía que un río podía declararse clínicamente muerto. Me enteré hace poco, cuando leí que el Atoyac lo estaba y que, desde hacía 30 años, se intentaba rehabilitar. Sin éxito.
No pregunten por qué, pero imagino al río como una persona entrando en camilla a un hospital y los paramédicos gritando a los urgenciólogos: ¡Emergencia Uno! Pero lo cierto es que no es una bella actriz de Bollywood personificando a la Ganga de los Vedas, ni tampoco un atlético hijo de Océano y Tetis. El Atoyac es un pobre diablo apestando a cagada y orines; se convulsiona y suelta espuma por la boca, maldiciendo a todos y cada uno de los bastardos que ha concebido, ladrando como un xoloitzcuintle rabioso. Y son muchos los nombres que grita en esa lengua suya, ininteligible, anterior al protototonaco-tepehua y al protoyuto-nahua.
El río calla de pronto dejando que la sala de urgencias se inunde con el pitido agudo y la línea plana del electrocardiograma, alguien grita: ¡Despejen! y pone las paletas del desfibrilador en su pecho. El cuerpo se arquea un segundo, pienso en la muerte por tétanos. Algún enfermero, sí, varón, le pone un respirador al río y presiona un par de veces la bomba de aire. ¡Despejen! Otra vez y nuevamente descarga. El ECG hace como que regresa, aunque enseguida la línea vuelve a aplanarse.
¿Será que el Atoyac está viendo pasar su vida como en una película?
Una gota de deshielo en la Sierra Nevada, un manantial en la roca, los riachuelos se convierten en afluentes y enseguida un solo cauce, rápidos, caídas de agua, la roca erosionada en gravilla, toda esa energía contenida potencial en la represa de Valsequillo.
O más bien recuerda cómo lo despojaron de cuanto tenía y lo ultrajaron, burlándose además por calentar sus pies descalzos con las aguas tibias que salían del drenaje. Tragar cuanto le pongan en la boca porque el hambre puede siempre más que la dignidad.
El doctor golpea en el pecho, el enfermero aprieta la bomba del respirador, alguien más grita alguna maldición y de la nada surge un latido frágil como la cola de los renacuajos.
No hay más signos vitales.
No hay acto-reflejo al golpear con un martillito en la rodilla ni se dilatan ante la luz las pupilas. Quizás escucha lo que dicen y tal vez esté consciente pero no puede abrir los párpados o responder a los estímulos. ¿Está en coma, catatonia o catalepsia?
Clínicamente muerto se puede malinterpretar, el agua fluye, conserva cierta flora y fauna, aunque ‘sano’ tampoco lo describe bien, basta mirar los niveles de oxígeno, el PH, las espumas y el color gris taupe, entre marrón y grisáceo . . . .
Los médicos sacan al paciente de urgencias y lo mandan en calidad de desconocido a la Unidad de Cuidados Intensivos. No hay familiar que vele por él. ¿A quién iba a interesarle un viejo inútil? Ciertamente no al gobernador ni al rey de la mezclilla, esos malnacidos que por años violaron a sus hijas, marcando con tinturas y ácidos a sus afluentes más pequeñas. Tampoco a los nietos que hacen negocio trayendo pipas de muy lejos, desecando las lagunas de Totolcingo, El Salado y Alchichica.
Afuera del hospital de especialidades San José llueve, quizás es temporada de huracanes en el Atlántico o haya norte en Veracruz, pero lo cierto es que la tempestad aquí en el valle Puebla-Tlaxcala es más rayos y truenos que otra cosa, ventisca; los granizos golpean con furia, abollan las carrocerías y estrellan los parabrisas, el hielo se derrite en el asfalto, las coladeras se desbordan y de pronto hay lanchas de la Cruz Roja en el Boulevard 5 de Mayo rescatando a los desgraciados que se trepan por las ventanillas al toldo de sus coches.
El desconocido tiene algún espasmo ocasional, no es su única prueba de vida, también el movimiento rápido de los ojos, las ondas beta en el encefalograma, el pulso acelerado. El líquido vital fluye en sus venas y arterias, pero de qué va a servirle si es negro y espeso.
¿Recuerda cuando en 1963 lo confinaron en solitario? Entubando su cauce en el arroyo de Xonaca y el tramo de San Francisco, desde la barranca de Xalpatlac y hasta la 5 Sur esquina con 49 Poniente. Ahí donde todo alrededor se apesta a huevo podrido.
Pero basta de pornomiseria, algún tratamiento habrá equivalente a la hemodiálisis y por los derechos más fundamentales se obligará a las industrias a tratar las aguas residuales, el gobierno tendrá que invertir en un plan trans-sexenal y obligar a la concesionaria de agua potable a invertir en el saneamiento de la cuenca.
Las universidades y la sociedad civil también estarán obligadas por la crisis hídrica, ingenieros ecológicos buscarán métodos para revertir el daño, se impartirá educación ambiental en las escuelas confiando en que las nuevas generaciones serán más conscientes.
Así, el paciente alcanzará algún día a mover un dedo, quizás el meñique izquierdo, aunque nadie lo verá hacerlo, así como tampoco sabrán si escuchaba lo que decían de él mientras estaba en coma y le hacían fisioterapia, que no era nada bueno. Tampoco sabrán cómo es que logró escapar del hospital estando descalzo, con sólo una bata cubriéndole el pecho, pero no las nalgas y literalmente escurriéndosele a los de seguridad.
¿Quién es ese viejo que anda de noche por el boulevard casi desnudo con la lluvia estancada hasta la cintura? ¿Por qué los árboles, palmeras y hasta los postes de luz se mecen rindiéndole pleitesía mientras las intermitentes de los autos abandonados parpadean bajo el agua?
La lluvia le lava las canas largas de la barba y su melena, pegándole la ropa al pecho, cuando el negro de las pupilas del viejo se encienden de un naranja como hierro fundido, el Atoyac junta entonces sus brazos y con toda la fuerza de que es capaz extiende las falanges y en ese gesto de Kame-Hame-Ha cada una de las moléculas que lo conforman se convierten en un tsunami que acarrea basura, lodo y mierda hasta reventar las tuberías que lo contienen, desbordar el cauce y aún explotar la vieja represa en Valsequillo, purificándose en agua nuevamente cristalina que deja entrever las raíces de los juncos y hasta algunos peces entre los guijarros.
