Hice una manda, ¿sabes?, antes del collar, antes de todo. Le pedí a la Virgencita que nos ayudara con lo del terreno y yo la representaría en el Viacrucis. Pero me tocó ser Jesús. O algo así.
Ese día mamá no quería dejarme sola con las trocas dando vueltas por el pueblo. Sobre todo, por la amenaza. Pensó en llamar a su jefe de allá, de la maquila, y pedir el día, pero al final se fue. «Estaré bien, mami, no te preocupes», le dije en la parada del camión, con el amanecer pálido sobre nosotras. Nos despedimos con un beso, como cualquier otro día. Ni idea de que no volveríamos a vernos. Al menos no en persona, porque al siguiente domingo no regresó. Le pidieron trabajar horas extra el fin de semana. Volvió cuando todo había pasado.
Almorcé dos tazas de café. Las necesitaba. Las camionetas fueron y vinieron por la terracería, alrededor de la casa, toda la noche. Lo hacían a propósito, para robarnos el sueño. Para fastidiarnos y que les vendiéramos la tierra de ito Juan. Pero no lo haríamos. Cuando se fueron, me puse tu sudadera del Cruz Azul y a darle. Desde que te fuiste la usé. Me recordaba que estabas en el norte, viendo por nosotras. Al principio olía a ti, pero con las lavadas pronto olió a ropa nomás. Y ese día te necesitaba más que otros y quería sentirte cerca.
Escombraba el cuarto de los abuelitos y entonces lo hallé. Llevaba semanas dejándolo para luego, porque no podía entrar a la habitación sin llorar. No quería aceptar su ausencia. Pero ya ibas a llegar, para ayudarnos con lo del terreno, ¿y dónde iban a dormir tú y Norma, y Juanito? Levanté todo y barrí y trapeé sin parar de llorar. Cada barrida, cada trapeada, quemaba con cloro mi corazón, me lavaba la pena. Levanté sus cosas una por una, acariciándolas. Y así lo encontré, refundido en una caja llena de fotos viejas: el collar de ita Tonantzin, una figurita de barro añejo con forma de árbol de la vida. Te has de acordar: siempre lo trae puesto en las fotos. Lo sostuve con la palma abierta para verlo bien. Y como que se sentía vivo, como si tuviera en la mano una lagartija. Le tomé una foto y le escribí a mamá: «Mira lo que apareció». Esperaba un audio, una anécdota por respuesta, pero ya ves . . . . No la dejaban usar el celular si estaba trabajando. Me contestó al otro día: «El collar de mamá Tona . . . . Es un amuleto, hija, quédatelo. Te va a proteger». Y eso hice. Lo demás lo doné a la parroquia.

Volví a la iglesia saliendo de la escuela. La parroquia había conseguido que una maestra de teatro viniera de la ciudad por las tardes, para ayudar al grupo juvenil a montar el Viacrucis. Yo me había apuntado, así que atravesé el atrio a la sombra de los ocotes, hasta llegar al salón de usos múltiples del traspatio. Los vi hacer el calentamiento y me apuré.
La maestra nos puso un reto nuevo: improvisar una escena con algo que lleváramos en la bolsa del pantalón. Sin diálogos ni compañeros, sólo yo y lo que llevara. Y lo único que tenía era el collar. Cuando fue mi turno pasé al frente. La maestra aplaudió: corría ya mi tiempo. Tomé el árbol de la vida entre mis manos, como si fuera un pájaro herido. Aplaudió de nuevo, y con ella mis compañeros. El pájaro se convirtió en un bebé —imaginé que era tu hijo Juanito, mi sobrino—y yo lo llevé a mi pecho y lo arrullé con una canción. Otra ronda de aplausos. Me vi arrullando las cenizas de ito Juan. Sentí cómo me brotaban las lágrimas. Aplaudieron una última vez. Las cenizas fueron entonces una semilla de ceiba. Me hinqué, hice como si la plantara en el piso. La regué con mis lágrimas. Luego me levanté con los ojos cerrados, extendiendo los brazos hacia el cielo. Imaginé que un árbol brotaba de la semilla, como si fuera un chorro de agua escupido por una fuente.
Y así pasó, fuera de mi imaginación. La semilla estalló y se hizo una ceiba que llenó todo el salón. La maestra y el grupo lo vieron también. Y todo se detuvo. Silencio, miradas de asombro. Algunos se pusieron de rodillas y empezaron a rezar. No tardó nada en correrse la voz.

Toda la noche le di vueltas a lo de la ceiba. Quería una explicación. Hasta pasé a la iglesia al otro día, antes de clases, para ver si había sido real eso de que apareciera nomás con imaginarlo. ¿Y qué crees? La ceiba todavía estaba ahí, quebrando la loza con sus raíces, rozando el techo con sus ramas. La rodeaba un grupo de rezanderas que, entre murmullos, pasaban las cuentas de sus rosarios. No era un retoño, sino un árbol maduro, con su corteza de piel de lagartija toda llena de espinas y sus ramas colgando hacia abajo, cual manos extendidas hacia las mujeres que le rezaban. Y colgado de una de ellas, como si la ceiba lo alzara del piso, estaba el collar de ita Tonantzin. De la impresión lo había dejado el día anterior. No sé cómo nadie lo halló. Lo agarré y lo tuve de nuevo.

«Cipactli, ¿qué piensas de eso?».
Era el profe de sociales, el mismo que igual te dio clases. Ya sabes quién: playeras del Che todos los días, y gorrita zapatista que nunca se quita. Volví de mi lelera.
«¿Que qué, profe?».
«¿Qué piensas de la expropiación ejidal de 1990? San Miguel Ototipac perdió la mitad de sus tierras comunales para que se construyera el periférico. De eso ha sido toda la clase . . . ».
Al profe siempre le gustó hablar de política en palabras enredadas. Y si me preguntaba a mí era porque yo sabía el tipo de respuestas que le gustaban y cómo decirlas. Me conoces: siempre fui buena para hablar, desde chiquita. Siempre me pusieron a declamar el juramento a la bandera, a recitar poemas el día de las madres y esas cosas. Pero esa mañana no hallé palabras. La lengua se me hizo un nudo y sólo atiné a ver por la ventana, más allá de las canchas y las milpas, hacia el terreno de ito Juan.
El profe esperó.
Escupí una respuesta:
«Que es una mamada».
Igual y de coraje me llevé la mano al collar de ita Tonantzin. Entonces supe qué hacer.

Me fui derechito al acahual de don Ramiro cuando acabaron las clases. Estaba seco seco de tanto químico. Era el lugar perfecto para probar. Puse el collar sobre la tierra, cerré los ojos, e imaginé un jardín crecer sobre el terreno. Cuando los abrí fue como ver uno de esos documentales que ponía la maestra de biología, ¿te acuerdas? Era una de esas escenas donde ves pasar meses en unos cuantos segundos. De la tierra, reseca como piel de culebra, nacieron brotes de plantitas y crecieron en retoños y acabaron hechos una arboleda. Cuando alcé el collar, el jardín no se desvaneció, como tampoco hizo la ceiba allá en la iglesia.

Don Ramiro estuvo muy contento el resto de la semana. Fue a la iglesia, a darle gracias a la Virgencita por el milagro y hasta se echó para atrás con la venta de su parcela que la inmobiliaria insistía en adquirir. Le mandaron a los hombres de las trocas, a disque negociar, pero entonces ya se hablaba de la ceiba—ya sabes: chisme de pueblo—y con lo del terreno, el asunto escaló a milagro. Todo el pueblo estaba metido en la iglesia. Empezó a llegar gente de otros lados. Hasta vino el padre desde la ciudad, a media semana, aunque no le tocara oficiar misa, nomás a ver si era verdad eso que le decían por teléfono. Era tanta la gente que nadie tuvo miedo a los hombres de la inmobiliaria, ni aunque llegaron armados. Que se iba a hacer una capilla, que debía venir el obispo declarar santo el lugar. No se hablaba de otra cosa.
Pero yo pensaba en algo más: el terreno de ito Juan. Ya estaba bardeado y tenía un letrero que decía «Próximamente: Jardines de Gaia. Tu paraíso ecológico». Ya lo habían allanado para empezar a construir. Fui esa misma noche. Logré colarme por las calles sin toparme con las trocas, y escalar el paredón.
Habrías llorado al mirarlo. ¿Te acuerdas del cazahuite que crecía grande en la esquina, donde anidaban las golondrinas? ¿Y del níspero que trepábamos cuando éramos niños? Ya no estaban. Ya no había nada. El tecorral donde vivían las lagartijas, la lomita que se llenaba de hongos con las lluvias, el jacal donde se escondían los cacomixtles . . . Nada. Una extensión siniestra, de arena aplanada a la perfección, era todo lo que iluminaba la luz pálida de los reflectores. Y el muro de concreto alrededor. La parcela de nuestro abuelito destazada en lotes, lista para la obra.
Eché un vistazo a la caseta del velador: la ventana destellaba en azul. Tenía la tele prendida. Caminé hasta el centro del terreno, puse el collar sobre la tierra y dejé volar mi imaginación.
Del suelo emergieron los brotes, las hojitas.

Ni tú ni yo conocimos a ita Tonantzin más que en fotos viejas. Pero a mí me gustaba preguntarle por ella a ito Juan. Que cómo era, que cómo hablaba, que qué hacía.
«Era una mujer muy sabia, mijita, muy buena para las plantas», me contestaba y luego se arrancaba a contarme de su vida. Así supe quién era ella, lo que hacía. Ayudó a nacer a prácticamente todos en el pueblo. Curaba a los necesitados, nomás por buena gente, sin cobrar jamás un solo peso. Y todo con hierbas, piedras y ensalmos, como las curanderas de las leyendas.
Nuestro abuelito la extrañaba mucho. Se lo sentía en la voz cada que me hablaba de ella. Pero nunca se ponía triste, al revés: le brotaba la alegría. Un día le pregunté el motivo. «Es que sigue aquí conmigo, con ustedes, hija. Nunca nos deja». Eso fue lo que me dijo. Estábamos en su terreno, juntando hongos, y pensé que hablaba en sentido figurado, como quien dice que un ser amado vive en su corazón luego de fallecer. Pero no.

La inmobiliaria metió otra vez la maquinaria para limpiar el pedazo de monte que había crecido de la noche a la mañana. Mientras tanto, la gente se apiñonaba afuera del terreno, frente al portón; era el tercer «milagro» en poco más de una semana. El velador juró haberlo visto con sus propios ojos: vegetación creciendo de la nada, árboles alzándose en segundos a alturas de décadas, hierbas del tiempo de las abuelas, que ya casi no se veían, brotando por montones, flores reventando de la nada cual cohetones de fiesta hechos de pétalos. Lo contó todo y renunció para irse de peregrinación a Juquila. Sepa cómo no me vio a mí también, ahí parada, con mi sonrisota en medio de aquella fiesta de plantas. Lo contó todo, pero sólo los del grupo de teatro sabían quién hacía la magia, el milagro o lo que fuera. Claro que lo soltaron, hablaron de la muchachita y del amuleto del árbol de la vida. Pero nadie les hizo caso. Supongo que la gente prefería creer en los poderes de la Virgen y, por mí, mejor.
Al principio importó poco lo que hice. La inmobiliaria aplanó otra vez el terreno en un solo día. Les urgía empezar a construir, porque eso significaría que ya eran dueños de nuestra tierra, que no importaba el litigio. Pero yo estaba dispuesta a usar el collar una y otra vez, las que fueran necesarias. Usaría su magia, porque el terreno era de nuestros abuelitos y querían robarlo. Como habían hecho antes con tantas otras familias del pueblo y hasta con los ejidos comunales de la falda del cerro. Entonces—en realidad, hace no mucho—se aprovecharon de nuestra falta de dinero y de nuestros pleitos, de la tranza del gobierno para hacer el cambio de uso de suelo. Después, llenaron el pueblo de trocas con hombres armados y, así, también se aprovecharon de nuestro miedo. Y ahora ito Juan había muerto y querían quedarse con su terreno. Querían arrebatarnos su tierra, su recuerdo, mas yo no los dejaría.
Volví esa misma noche. Ya acampaba el gentío afuera del portón, guadalupanos con esperanzas de atestiguar el milagro. Los rodeé y seguí el muro, en busca de un lugar oscuro donde poder trepar sin ser vista. Y lo encontré, casi en la esquina. ¿Te acuerdas del ahuehuete del terreno de junto? Ahí mero. Su sombra oscurecía por completo la pared. Fue como si me leyeran la mente lo de teatro: ya estaban ahí, esperándome. Con su ayuda, subir fue mucho más fácil y pronto estuvimos dentro. El nuevo velador debió estar en el baño o algo así, pues no estaba por ninguna parte. Volví a poner el collar en el centro del terreno y otra vez imaginé, esta vez algo más vasto.
Un bosque se alzó del suelo.

A la mañana siguiente llegué tarde a la prepa. Una de las camionetas de la inmobiliaria esperó afuera de la casa hasta bien entrada la mañana. Pensé que no se atreverían a entrar, no con el pueblo tan alborotado, tan despierto por lo de los milagros. De todas formas esperé aún después que se fueran. Cuando por fin salí, vi el rayón sobre el portón: «te vamos a chingar si no le paras». Traté de calmarme. «No van a hacer nada, Cipactli, no van a hacer nada», me decía. Pero me temblaba todo el cuerpo y, cuando me encaminé a la escuela, cualquier ruidito me hacía saltar a esconderme.
Volví esa noche. Y también la siguiente y la siguiente. Las amenazas no pararon. Yo tampoco. No podía dejarles el terreno de nuestros abuelitos. Y ya sabían que era yo, así que dormí en la parroquia para estar segura. Estaba abierta todo el día y toda la noche, porque peregrinos de otros pueblos y hasta de la ciudad venían a ver los milagros. La inmobiliaria trajo más y más hombres armados para mantenerlos fuera del terreno. Se hizo más difícil entrar, pero el grupo de teatro me esperó cada noche y siempre pudimos colarnos entre el gentío y saltar la barda sin ser vistos. Cada mañana aparecía un bosque cubría el terreno. Y para cuando anochecía, lo habían talado de nuevo.
Empecé a quedarme dormida en clase, por las desveladas. No estaba al cien, pero pensaba que ya mero se rendiría la inmobiliaria, pues ya el obispo presionaba allá en la ciudad a la gente de la inmobiliaria y acá en el pueblo, ya se hablaba de hacerle un santuario a la Virgen ahí, en el terreno del abuelo, que daban por santo de tanta maravilla ocurrida los últimos días. Pero también porque, ¿cuánto habría gastado ya la inmobiliaria? No podrían rentar todos esos trascabos y aplanadoras para siempre. Tenían que echarse para atrás, algún día. Eso pensaba aquella última noche, mientras subía la barda con ayuda de un par de compañeros del grupo de teatro.
Salté al otro lado y eché un ojo a la cabina del velador. No había nadie. Afuera del muro, sólo silencio, ni oraciones ni canciones de iglesia, como las noches anteriores. Y no me pareció raro, no sé por qué. Caminé hasta el centro del terreno bajo la luz fantasmagórica de los reflectores. Puse el collar sobre la tierra y entonces oí el griterío: eran mis compañeros, eran advertencias. Demasiado tarde: algo me atravesó por la espalda.

No supe dónde estaba. No sentí frío ni calor. Todo era oscuro y no sentía mi cuerpo. Algo me apretaba por todas partes y no podía moverme o, mejor dicho, no tenía cuerpo que mover. Estuve así no sé cuánto, tratando de entender. Entonces llegaron los susurros, como siseos de serpiente: «Cipactli . . . Ci-pac-tli». Y de alguna forma reconocí esas voces: eran las raíces del níspero, del cazahuite, de los ocotes destazados por los trascabos, la parte subterránea de los hongos que ya no crecerían, las tuzas, las lombrices, las lagartijas, todos los animalitos sepultados en sus madrigueras por las aplanadoras. «Ci-pac-tli», susurraban en una madeja de voces. Después de un rato reconocí entre ellas las voces humanas: nuestras ancestras. Mujeres viejas, antiguas, me llamaban: «Cipactli . . . Ci-pac-tli».

Mis compañeros alcanzaron a escapar, pero a mí me tiraron aquí mismo, en una zanja. El collar se rompió en mi puño, mas ya no lo necesitaba. Las voces y yo alzamos el bosque noche tras noche. Cada mañana, ahí estaba: enorme, frondoso. No se lo pudieron explicar jamás los de la inmobiliaria. Como tampoco pudieron explicar qué hacían ahí mis restos, en la parcela.
El grupo de teatro contó la versión conveniente, la que se ha hecho verdad de tanta repetición: nos escapamos de noche para ver el milagro con nuestros propios ojos. Nos colamos sin ser vistos. Adentro estaban los hombres armados, y nos obligaron a detenernos. No lo hicimos. A ellos los detuvieron, a mí . . . . Me hicieron otras cosas. Quise defenderme y me golpearon. Mis amigos lucharon para zafarse y detenerlos. Luego, disparos. Ellos escaparon; yo no. Y nadie volvió a verme jamás. Los de la inmobiliaria no pudieron probar su inocencia. ¿Qué iban a decir? ¿Que tenían paramilitares en el pueblo? ¿Que una bruja les crecía árboles en el terreno cada noche para que no construyeran?
La gente se puso furiosa. Tantos abusos, tanto miedo . . . . Fui la gota que derramó el vaso. Tomaron el terreno del abuelo y pintaron consignas de protesta en el paredón. Hicieron un plantón frente al palacio municipal. Cerraron autopistas. Hicieron una marcha hasta la capital y tomaron las oficinas de la inmobiliaria. La cosa se fue a los noticieros nacionales. A las autoridades no les quedó de otra más que investigar. Y así dieron con mis restos. Pero eso tú ya lo viste, hermano, ya habías regresado del norte. Ya te tocó ver cómo se fue, por fin, la inmobiliaria.
Sólo me arrepiento de haberme ido así, sin decirle adiós a mamá. Le rompió el corazón identificar mis restos. Cómo quisiera decirle que no me fui, que estoy aquí. Quisiera que pudieras oírme, hermano, cada que vienes al terreno del abuelo. Pero lo sé: sientes el cariño que te hago llegar en el aroma de las flores, en el húmedo de la tierra y en la sombra refrescante de los árboles. Todo eso lo hago para ustedes. Y me gusta cuando juegas con Juanito, mi sobrino, sobre mí. Adoro escucharles la risa, a ti y a mamá. Aun así, cómo quisiera que pudieras escuchar todo esto, como cuando éramos niños y te contaba cuentos para dormirte. Quisiera tener mi voz, hablar con palabras de viento y susurrarte al oído: «Oye, no me fui, no me mataron, hermanito, no de verdad». Decirte que vivo en cada palmo de esta tierra trabajada con tanto amor por el abuelo. Decirte que, como ita Tonantzin y las mujeres antes de ella, me hice una con el suelo.
La versión en español de “Una con el suelo” fue editada por Laura Martínez-Lara.

Muy conmovedora, casi me hizo llorar. Me gustó cómo fue llevando a la imaginación todo lo que imaginaba Cipactli. También cómo tiene esos toques de Mexico en toda la historia. Felicidades, recomiendo que lo lean.